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¿Puertas vivientes? Así son los Gargantes del Portón que blindan las Ciudades de Sigmar

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Hay unidades que están pensadas para golpear y otras que están pensadas para aguantar. Los Gargantes del Portón pertenecen a esa segunda categoría, aunque cuando por fin se les suelta la correa, el golpe que dan compensa con creces toda la espera.

Dentro de las formaciones Castelita, estos dos gigantes urbanos cumplen una función tan sencilla de explicar como espectacular de imaginar: son la puerta de una fortaleza, solo que de carne, hueso y muy mala leche contenida.

Una fortaleza con nombre y apellidos

Si alguna vez has visto una formación Castelita en pleno despliegue, sabrás que la imagen recuerda más a un castillo con patas que a un ejército convencional. Los Gargantes del Portón son, literalmente, la entrada de esa fortaleza: dos gargantes colocados hombro con hombro, cada uno sosteniendo una mitad de un escudo bastión descomunal que, unidas, resultan casi imposibles de atravesar.

El enemigo que decide cargar contra esta losa de madera reforzada no consigue gran cosa, más allá de convertirse en el próximo objetivo de las mazas de los gargantes. Y ahí es donde la cosa se pone interesante, porque golpear ese muro viviente sin control suele terminar con huesos rotos y bajas evitables.

Nosotros no podemos evitar imaginarnos la escena desde el punto de vista de un pobre desgraciado del bando enemigo, viendo cómo esa pared de madera y músculo se le echa encima sin inmutarse. No debe ser un buen día para nadie que esté al otro lado.

Gargantes salvajes frente a sus parientes urbanos domesticados por las Ciudades de Sigmar
Imagen: Warhammer Community

De salvajes a ciudadanos: la domesticación de un titán

Lo curioso de estos gargantes urbanos es que no encajan con la imagen habitual que tenemos de estas criaturas. Sus parientes salvajes, de hecho, los miran con auténtico desprecio por haber adoptado costumbres tan poco propias de un gargante: trabajan a cambio de comida en vez de arramblar con el ganado que encuentran, levantan muros en lugar de derribarlos y, para colmo, han terminado rindiendo culto a Sigmar.

Ese proceso de adaptación no ha borrado del todo su naturaleza destructiva, simplemente la ha reorientado. El resultado es un aliado logístico de un valor incalculable para los ejércitos Portamanecer, ya que un solo gargante urbano puede cargar tanto equipo o maquinaria Fundehierro como media docena de transportes a vapor juntos.

Es un detalle que nos parece revelador sobre cómo entienden las Ciudades de Sigmar la civilización: no se trata de eliminar lo salvaje, sino de encontrarle un sitio útil dentro de la sociedad.

Elegidos por tamaño, entrenados a la fuerza

No cualquier gargante sirve para este puesto. Los seleccionados como Gargantes del Portón lo son por su tamaño y, sobre todo, por su estoicismo, porque la tarea que se les encomienda no tiene nada de sencilla: deben aguantar los ataques más feroces del enemigo permaneciendo completamente inmóviles, salvo que reciban la orden contraria.

El problema es que la reacción natural de un gargante ante una herida dolorosa suele ser un berrinche descontrolado que solo termina cuando el causante queda reducido a una mancha en el suelo. Ese instinto hay que reprimirlo mediante adiestramiento, ya sea a base de sobornos o de métodos bastante más contundentes, porque si el portón cede, toda la formación Castelita queda expuesta y debilitada.

Nos gusta especialmente esta idea porque humaniza a estos gigantes de una forma inesperada: no son máquinas de guerra sin más, son criaturas con un temperamento real al que hay que poner límites, casi como se entrenaría a un animal enorme y temperamental que, aun así, sigue siendo peligroso.

Ilustración de un ejército de Ciudades de Sigmar desplegado en formación Castelita
Imagen: Warhammer Community

El Mayor Granadero: el pequeño que dirige al gigante

Ningún Gargante del Portón entra en combate solo. Cada uno lleva encaramado un Mayor Granadero, instalado en una cofa amarrada a su espalda que recuerda a una versión aumentada de las almenas móviles de los Ogor Baluarte. Su función es doble: mantener a raya al gigante y sembrar el pánico entre quienes se atrevan a acercarse demasiado.

Para lo segundo cuenta con un cañón giratorio de aspecto peculiar, algo así como un pimentero tumbado de lado con varios cañones capaces de soltar una andanada de balas en un área reducida. Quienes quedan atrapados en esa ráfaga terminan convertidos en poco más que una nube rosada, un espectáculo que, según parece, divierte enormemente a los gargantes que tienen debajo.

Desde su posición elevada, el Granadero también cumple un papel táctico crucial: es quien mejor puede leer el desarrollo de la batalla y decidir el momento exacto en el que el portón debe abrirse.

Dos Gargantes del Portón unidos por un escudo bastión con sus Mayor Granaderos en la cofa
Imagen: Warhammer Community

Cuando el portón se abre: de la defensa al ataque total

Aquí es donde toda la paciencia acumulada estalla de golpe. La apertura del portón es la señal para que la formación Castelita abandone su postura estática y pase al asalto, y por ese hueco recién abierto salen caballeros de élite, infantería pesada e incluso jinetes acorazados a lomos de sus caballos de guerra.

Estas unidades se estrellan contra un enemigo que, hasta ese momento, llevaba rato golpeando inútilmente contra un muro. El efecto sorpresa es brutal, porque la defensa se convierte en ofensiva prácticamente sin transición.

Y por supuesto, los propios Gargantes del Portón, liberados por fin de su papel estacionario, avanzan haciendo oscilar sus armas entre risas y aullidos, repartiendo mazazos a diestro y siniestro. Si alguna vez tenías dudas sobre si merecía la pena esperar tanto tiempo agazapado detrás de un escudo, esta es la respuesta.

Ejército de Ciudades de Sigmar en formación Castelita desplegando el contraataque tras abrir el portón
Imagen: Warhammer Community

San Templesen: la leyenda que ni los propios gargantes se creen del todo

Más allá de las reglas y el trasfondo militar, hay un pequeño fragmento de relato que nos parece perfecto para entender el tono con el que Games Workshop trata a estos personajes. Un sacerdote intenta convencer a un grupo de gargantes malhumorados y heridos de las virtudes de San Templesen, un gargante que aprendió templanza, humildad y gracia gracias a la luz de Sigmar.

La respuesta de los gargantes, lejos de cualquier solemnidad, es puro desinterés hasta que el sacerdote cambia de estrategia y les habla de cómo Templesen le arrancó la columna vertebral a un dragón del túmulo y aplastó con ella a un general espectral. Ahí sí consigue toda su atención.

Es un detalle pequeño, pero dice mucho sobre cómo Games Workshop está construyendo a esta facción: la fe y la civilización conviven con el gusto por la violencia más directa, y ambas cosas terminan encajando sin resultar contradictorias.

Nuestra opinión

Los Gargantes del Portón nos parecen uno de esos conceptos que funcionan tan bien sobre el papel como probablemente lo harán sobre la mesa. La idea de convertir a dos criaturas gigantescas en literalmente la puerta de una fortaleza tiene ese punto de espectáculo visual que tanto define a Age of Sigmar, y el momento en el que el portón se abre y libera tanto a los gargantes como a las tropas de élite promete ser de los que se recuerdan tras una partida.

Nos gusta especialmente cómo se ha tratado el trasfondo de estos gargantes urbanos. No son simplemente nuevas miniaturas, sino una reflexión sobre qué significa realmente domesticar algo salvaje sin destruir del todo su naturaleza. Ese equilibrio entre disciplina y violencia contenida es de lo más interesante que hemos visto últimamente en las Ciudades de Sigmar.

Si te apasiona el trasfondo tanto como a nosotros, esta unidad tiene todos los ingredientes para convertirse en una de esas piezas que dan pie a mil historias en la mesa: la tensión de aguantar la primera embestida, el instante exacto en el que decides abrir el portón y la locura que se desata después. Nosotros, desde luego, ya tenemos ganas de ver a un Gargante del Portón hacer de las suyas en nuestra próxima partida.

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